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EL VELO PINTADO
Revisar los clásicos de la literatura sigue siendo un terreno argumental muy aprovechado en la actualidad por los estudios de Hollywood, no sabemos si por nobles motivos o por falta de recursos argumentales propios. “El velo pintado” no es sólo una añeja novela W. Somerset Maugham sino que fue también un peculiar clásico realizado por Richard Boleslawski en 1934 con Greta Garbo y Herbert Marshall como protagonistas
En esta ocasión el casi debutante John Curran sale airoso de la propuesta de un remake con carácter propio y realiza un filme elegante y dinámico a partir algo folletinesca trama, salvada no sólo por su buen oficio sino también por las interpretaciones de los protagonistas.
Edward Norton está hecho a la medida del papel de Walter, un adusto médico de clase media que se casa -sin que medie mucho amor- con Kitty, una joven de origen adinerado encarnada, con una extraordinaria gama de matices, por uno de los rostros más prometedores del Hollywood actual: la fantástica Naomi Watts. Wats da vida con intensidad a la atormentada Kitty, una mujer cuyo matrimonio, que le sirve para escapar del hogar, la sume en un infierno personal donde no faltan celos, venganza, adulterio y redención. Y Curran parece consciente de que la historia descansa en la fuerza de la actriz, en acercarse a ella a través de planos de diferente duración y cercanía y en dotar a su personaje de un carácter moderno y levemente feminista. Y el mensaje es que el velo engañoso que protege a las mujeres también las limita y condiciona vitalmente.
El trasfondo del filme es, en su primera parte, el Londres de los años veinte y a continuación la China azotada por el cólera, a donde Walter va no sólo a luchar contra la enfermedad en arriesgadas condiciones sino a enclaustrar a su esposa a la que ha sorprendido con un amante. El director huye de estridencias y también del vacuo esteticismo en el que suelen caer los filmes ambientados en el pasado, aunque siempre parece algo tentado por el mismo. El telón sociopolítico del filme queda desdibujado a favor del drama pasional mientras el retrato psicológico y el conflicto de una pareja le sirven para mostrarnos un mundo en el que las mujeres, de oriente y occidente, eran relegadas al papel de comparsas. El filme no huye de los escenarios previsibles ni de algunos secundarios algo tópicos como el entrañable mejor amigo de la protagonista que conoce en un momento de desesperación, pero con una espléndida dirección artística y una evocadora banda sonora, seduce al espectador con el ritmo de la historia que lo acompaña hasta un final elocuente.
Revisar los clásicos de la literatura sigue siendo un terreno argumental muy aprovechado en la actualidad por los estudios de Hollywood, no sabemos si por nobles motivos o por falta de recursos argumentales propios. “El velo pintado” no es sólo una añeja novela W. Somerset Maugham sino que fue también un peculiar clásico realizado por Richard Boleslawski en 1934 con Greta Garbo y Herbert Marshall como protagonistas
En esta ocasión el casi debutante John Curran sale airoso de la propuesta de un remake con carácter propio y realiza un filme elegante y dinámico a partir algo folletinesca trama, salvada no sólo por su buen oficio sino también por las interpretaciones de los protagonistas.
Edward Norton está hecho a la medida del papel de Walter, un adusto médico de clase media que se casa -sin que medie mucho amor- con Kitty, una joven de origen adinerado encarnada, con una extraordinaria gama de matices, por uno de los rostros más prometedores del Hollywood actual: la fantástica Naomi Watts. Wats da vida con intensidad a la atormentada Kitty, una mujer cuyo matrimonio, que le sirve para escapar del hogar, la sume en un infierno personal donde no faltan celos, venganza, adulterio y redención. Y Curran parece consciente de que la historia descansa en la fuerza de la actriz, en acercarse a ella a través de planos de diferente duración y cercanía y en dotar a su personaje de un carácter moderno y levemente feminista. Y el mensaje es que el velo engañoso que protege a las mujeres también las limita y condiciona vitalmente.
El trasfondo del filme es, en su primera parte, el Londres de los años veinte y a continuación la China azotada por el cólera, a donde Walter va no sólo a luchar contra la enfermedad en arriesgadas condiciones sino a enclaustrar a su esposa a la que ha sorprendido con un amante. El director huye de estridencias y también del vacuo esteticismo en el que suelen caer los filmes ambientados en el pasado, aunque siempre parece algo tentado por el mismo. El telón sociopolítico del filme queda desdibujado a favor del drama pasional mientras el retrato psicológico y el conflicto de una pareja le sirven para mostrarnos un mundo en el que las mujeres, de oriente y occidente, eran relegadas al papel de comparsas. El filme no huye de los escenarios previsibles ni de algunos secundarios algo tópicos como el entrañable mejor amigo de la protagonista que conoce en un momento de desesperación, pero con una espléndida dirección artística y una evocadora banda sonora, seduce al espectador con el ritmo de la historia que lo acompaña hasta un final elocuente.
