Sunday, March 11, 2012

UN CORAZÓN EN BEIRUT










Y AHORA ¿ADONDE VAMOS?


“Si nuestros padres ya no comprenden lo que somos
Lo que nos den hará jamás de nosotros hombres
Nuestras pobres madres que nos perdonan a pesar de todo lo que saben
Error, Madonas, son vuestras entrañas las que reciben
Así es la nostalgia del arma
Sí van los hombres que se van
Y nos dejan la elección de las lágrimas

FFF, La vague à l’arme

En una aldea perdida de el Líbano, en un cálido pero tenso microcosmos, se sitúa la acción de “Y ahora ¿adónde vamos”? el segundo largometraje de la actriz y directora Nadine Labaki. Comprometida con la situación de su país- maltratado por las guerras, la intolerancia y la violencia- y también con el papel de las mujeres en un mundo que les da la espalda, Labaki vuelve a demostrar que es una gran mezcladora de sonidos y colores, humor y tragedia, humanismo e ironía. Tal vez menos redonda, menos refinada, sensitiva y algo más retórica que “Caramel” “Y ahora ¿adónde vamos” es una versión moderna del clásico de la comedia irreverente “Lisistrata” del dramaturgo griego Aristófanes situada en el corazón herido y sangrante de Oriente Medio y en un pequeño pueblo donde la autora se acerca a personajes en tono de comedia de costumbres y equívocos , pero con un trasfondo trágico que va saliendo a la luz progresivamente. De nuevo la religión aparece como trampa, artificio, ilusión, peligro y también como tabla de salvación en el segundo trabajo de una directora cristiana, pero moderna y heterodoxa. Mujeres de negro sobre fondo blanco, mujeres que fingen estar poseídas, espacios y momentos lúdicos contra la cerrazón belicista y los fusiles escondidos.


Labaki, que encarna nuevamente uno de los personajes principales del filme, nos narra con gran destreza narrativa y un casi cándido sentido del humor las pericias y estratagemas de las mujeres (de diferentes edades, culturas y familias) de este pueblo empobrecido por evitar que los hombres (atentos al desarrollo de las noticias de las guerras entre religiones) se embarquen en otra confrontación sangrienta, inmediata y fratricida. Antimilitarista y poética, seca y dura, pero también llena de ritmo, musicalidad y hasta números coreográficos (de primera categoría) estamos ante una historia algo ambiciosa a la que el talento visual y el ágil montaje de su directora sabe llevar a su propio terreno de bondad e inteligencia.

Wednesday, February 29, 2012

UN POEMA DE UN AMIGO

SUEÑOS MALDITOS

El dolor es fuego en mi pecho
arde el llanto de mis lagrimas
imaginar la peor pesadilla
brotar de nuevo
en un sueño perfecto
pero ver la realidad dolorosa
hacer escamas
todo lo magnifico
y sin ser pez perdido
en un océano de lava
pues después de ser herido
con la cura incurable
no es ser más sensato
ser la persona imparable
que brotar con el llanto
el dolor siempre se anuda
a mi garganta que no pregunta
pues el sueño de mi niño
que te despierta dolido
temas que vuelva
con los pelos ya crecidos


Jesus (Mont Pert)

Wednesday, February 22, 2012

BORDERLINE

BORDER-LINE

No se trazar una línea
no se dibujar un borde
el último libro fantástico lo arroje, como Carl Salomon, contra una ventana enemiga
la última película se bloqueo en el ordenata
bordeline, no soy asertivo, no me subo la brageta, me quede celebrando navidades rancias
odiando diosecillos para los que nunca existí
vivo en un tiovivo molesto, que molesta, que hace ruido
que por las noches silencioso se cubre de lona y lluvia
gotas mojadas sobre tu rostro, mi rostro esta furioso
al borde de la ira, pero contenido por el mirar de los pantalones vaqueros de los chicos, las sonrisas de barba de dos dias
por las sonrisas de los psicólogos en batas pulcras
por la amenaza de un futuro de miseria y soledad
Estamos yo y nosotros, tu y ellos,
Sentados en la misma mesa
Sorbiendo el mismo descafeinado de máquina
y no obstante, tan lejanos, tan desconfiados
como un terrón de azúcar y un bote de sacarinas negadas para el ballet

Tuesday, January 31, 2012

TIMIDO VIAJE AL CORAZÓN DE LA BESTIA










J.EDGAR

Construida con buen pulso y a través de alambicados saltos espacio temporales “J. Edgar”; excesivamente discursiva, no es la mejor película de Clint Eastwood, pero si aquella en la que -quizás debido al guión de Dustin Lace Blank “ Mi nombre es Harvey Milk”- el director de “El intercambio” da su visión más pesimista de la vida estadounidense y sus costumbres. Arropada nuevamente en una minuciosa reconstrucción de la época y en una contrastada iluminación de Tom Stern, “J. Edgar” se apoya demasiado en la individualidad de un personaje antipático para retratar la historia de los EEUU desde los años treinta hasta el mandato de Nixon y, con algunas pinceladas aceradas y otras algo almibaradas, nos da una visión caleidoscópica de la vida privada y pública del jefe del FBI.









El fascismo y la paranoia instaladas en la sociedad estadounidense están en el trasfondo de “J. Edgar”, pero Eastwood suaviza las aristas de su narración con su habitual canto al individualismo, sus apuntes sentimentaloides y su amor incondicional a las pequeñas virtudes que, a pesar de las grandes manchas de su historia, atribuye a los EEUU, que -a pesar de sus páginas más vergonzosas- parece ser el único modelo posible de organización sociopolítica. Así el filme apoyado en el que es sin duda el mejor trabajo de Leonardo Di Caprio hasta la fecha, logra un sólido y mordaz fresco histórico y nos acerca a uno de los personajes más lúgubres y contradictorios de la historia del siglo pasado. Un hombre que persiguió a las minorías, silenció a las mayorías y dio la espalda a todos en aras de todos sus intereses y de los suyos, pero también un hombre abatido por sus propias contradicciones, secretos y su desmedida egolatría. Estamos ante un filme interesante aunque desigual que, debido a su excesiva longitud y al notorio protagonismo de Di Caprio, ensombreciendo incluso a Judi Dench y Naomi Watts, nos da una visión algo blanda, pero bastante completa y documentada, del lado oscuro del establishement norteamericano: la delación, la competititividad, la doble moral, el heroísmo y la falta de escrúpulos de un personaje que llegó a obtener un inmenso poder convirtiéndose en el brazo derecho de los filibusteros y retrógrados que todavía pululan por la grandes esferas de la política internacional.










Una película necesaria y llena de pequeños grandes momentos en la que, a pesar de su estructura novelística y excesiva morosidad, no llega al fondo del corazón de la bestia y se limita a dar severas, inteligentes pero titubeantes e irregulares pinceladas sobre la “pesadilla norteamericana”.

Thursday, January 05, 2012

SEGUNDA PIEL






LA PIEL QUE HABITO




ALMODOVAR Y LOS GENEROS




“Los sueños de la ciencia producen monstruos”






“El cine de terror no es que represente nuestros miedos pero si presenta la parte más oscura del ser humano, algo muy específicamente humano. Un tipo de cine de terror trabaja, como lenguaje, casi exclusivamente con el cuerpo humano, pero se lo digo en un sentido como lo entendería un surrealista: al cuerpo humano se le ataca, se le trocea, casi es el principal paisaje donde sucede todo”
Frederic Strauss “Pedro Almodóvar, Un cine visceral, 1995.






Precedida de cierta polémica, desconcierto y división de opiniones, “La piel que habito” resulta finalmente la mejor película de Pedro Almodóvar desde “La mala educación”. Aunque se comenta que el realizador ha recibido – por parte de un sector enfadado del público- comics, pelucones y hasta bolsas de cocaína para que vuelva al terreno de la comedia satírica y de situaciones que tantos y tantas adeptos le ha proporcionado, la crítica internacional y buena parte de la española han puesto sus ojos desorbitados en la última producción de El Deseo firmada por su creador. Un Almodóvar que efectivamente da la espalda a los admiradores de su lado más frívolo y cercano a la comedia sucia, gamberra y punk de “Pepi, Luci…” o “Laberinto de pasiones” , a los que lo conocen como cronista de la llamada “movida madrileña”, o como autor de la comprometida “¿Qué he hecho yo para merecer esto?” y de la blanca, amable y postmoderna “Mujeres…” acercándose -desde una mayor madurez estilística- a sus trabajos más turbios y más próximos a los códigos del cine negro: “Carne Trémula·”, basada en la novela homónima de Ruth Rendell, “La ley del deseo” o “Hable con ella”. Esto, unido a la presencia del ya hollywoodiense Banderas -rescatado para esta interpretación por quien fue su descubridor- ha hecho que los premios de Hollywood vuelvan a fijar su atención en el director de la sobrevalorada u taquillera “Volver”. Nuevamente la música y las canciones comentan y acompañan la acción y hacen referencia a paisajes claves de una obra saturada de dobles sentidos y una despiadada ironía a la hora de acercarse a personajes complejos o simples. Críticos como Alberto Mira[i] se han referido a la persistente pereza intelectual de un sector de la crítica española (liderado por Carlos Boyero) a la hora de aproximarse a las claves de los filmes del realizador manchego. Crítica que cobra especial relevancia cuando se trata de sus filmes más crípticos e iconoclastas como el que nos ocupa, o “La mala educación”, dotados ambos de una construcción espacio-temporal que requiere la atención del espectador y la deconstrucción de un espacio saturado de chistes privados y públicos.
















Se nos ofrece en esta ocasión un complejo relato gótico lleno de guiños cinéfilos, de Georges Franju (Les yeux san visage) al doctor Frankenstein, pasando por el Hitchcock más romántico de “Vértigo”-otro filme sobre el “amor de un loco” o “Rebeca” que evoca una vez más la partitura evanescente de Alberto Iglesias. Un relato que, sin embargo, el controvertido realizador ha conseguido hacer suyo al conseguir una abstracción y un refinamiento estético difíciles de superar, aun sin abandonar sus constantes: la codicia, la posesión, los celos, el odio, la traición, el rencor y el sexo. Sirviéndose de una adaptación libérrima y nada fiel de la novela de Thierry Jonquet “Tarántula”, el director de “Todo sobre mi madre” vuelve a enredarnos en un argumento alambicado, imposible y difícil de tomar en serio todo el tiempo, pero urdido con astucia y que, en más de un momento, logra llegar a las tripas del espectador gracias a la fuerza que desprende el duelo interpretativo entre un hierático, entonado y terrorífico Antonio Banderas, como el “cirujano de moda”, enloquecido y encerrado en su mundo, y una entregada y esforzada Elena Anaya, la victima que él esconde en ese ominoso caserón toledano lleno de secretos del pasado.











Hay mucho humor, o más bien mucha ironía y sarcasmo , en los entresijos de “La piel que habito” y es probable que su mezcla de goticismo, experimento visual, suspense y postmodernidad, sus coqueteos con el melodrama familiar y el cine de horror científico provoquen el rechazo de más de un fino paladar, pero nuevamente el director subyuga a través de sus formas audiovisuales, su banda sonora, su falta de vértigo y su manera de lograr personajes intensos y hacer creíble y cercano lo más inverosímil, arremetiendo de paso contra la «clase médica», su altivez y sus miserias como no lo hacía desde “Hable con ella”. Y, tal vez, resulte ser ése el filme de Almodóvar más próximo en sus escenarios al mundo febril, deshumanizado, claustrofóbico y surrealista en el que luchan sin tregua los y las protagonistas de “La piel que habito”. Un mundo a la vez reconocible y fantasioso, opresivo y elegante, aséptico, cristalino y sucio, donde se mezclan sobremanera los ensueños totalitarios de la ciencia con la lucha entre los géneros sexuados y los géneros cinematográficos como el melodrama en su vertiente gótica , la comedia ácida y negra y el suspense de raíces psicológicas.






Es un trabajo libre, aunque trazado con precisión que puede verse como una comedia negrísima, una fantasía irónica acerca del cuerpo y el sexo o un melodrama romántico con ecos de los clásicos del cine fantástico como fantástica es la división entre lo masculino y lo femenino, entre la ciencia y la superstición, entre la risa y el miedo. Aunque en algunos pasajes Elena Anaya parezca superada por las muchas aristas de su personaje y no sea del todo creíble la naturalidad psicológica con la que asume el “cambio de sexo” a la fuerza (una vaginoplastia realizada en el quirófano de una mansión-clínica sacada de los archivos del cine de miedo) , la película está llena de instantes cautivadores en los que lo visual y lo narrativo se pelean y se enredan para goce de los que admiramos la caligrafía a la vez refinada y tosca de un director que, mientras homenajea a los maestros del suspense psicológico, vuelve a cuestionar algunas verdades aceptadas sobre las formas de dominación, sometimiento y maneras amar, odiar y sentir de los seres humanos. Hay en el filme momentos en que los personajes se ríen de su situación y otros en que la tragedia, casi goyesca, inunda la pantalla al igual que las referencias a los clásicos del cine fantástico, a la escultura andrógina y el cuerpo deshecho y a los bustos informes de Louise Bourgeois, o al propio Almodóvar de “Átame” donde ya había logrado otra interpretación colosal de un Banderas mucho más joven y simpático , aquí inquietante maestro de una ceremonia descabellada en la que la venganza, el “amour fou”, la transexualidad, la vampirización del “otro” , el peso del pasado sobre el presente, los miedos ancestrales a la locura, la pérdida, el dolor, las heridas físicas y psicológicas[ii], la muerte y las fronteras entre la masculinidad y la feminidad se con-funden de forma, si no genial, al menos asombrosa.












Mascaras, caretas, uniformes, vestidos, carnaval, géneros difusos y fusión de géneros cinematográficos. Pocas veces estuvo Almodóvar tan cerca de las modernas teorías sobre el género y la sexualidad como constructos sociales. Tenemos algo del panóptico de Foucault, el quirófano de Butler, el cuerpo sin órganos de Deleuze, el ropero de Joan Riviere, algo del sadomasoquismo de Pulet o Califia y las prótesis de Preciado, Bourcier o Hallberstram. Y hasta una sobredosis de armarios reales y simbólicos que harían las delicias de la recién desparecida E.K. Sedwigk.










“La piel que habito” es la historia de un secuestro, un rapto brutal, pero también la historia de un cuerpo, de mentes enfermas y seres que mutan, de criaturas al límite, que se odian o que fingen amarse para poder escapar. La imagen de Elena Anaya contemplada por Antonio Banderas en una gigantesca pantalla “en la habitación contigua” nos recuerda a la de José Luis Gómez espiando a una alterada Penélope Cruz en una pantalla en “Los abrazos rotos” y a ese hospital lleno de intrigas donde se debaten entre la vida y la muerte una pálida joven bailarina (Leonor Watling) y una morena, neurótica e inconstante torera de éxito (Rosario Flores), agonizando ambas, como princesas del hospital, en sendas habitaciones en “Hable con ella”. Como esa bella durmiente que es “Normita” (Clara Sánchez), la hija del médico completamente medicalizada (normativizada) y traumatizada por el trágico suicidio de su madre, que intenta salir de su fobia social y solo encuentra figuras masculinas confusas y contradictorias que aunque parecen querer rescatarla la hunden más en su extraña depresión. O esa oveja negra disfrazada de tigre que resulta ser Secca (Roberto Álamo) el hijo de Marisa Paredes y la cara opuesta de su hermano Robert (Banderas). Un toque de humor carnavalesco para un filme sobre la piel y el disfraz, sobre la cirugía y la violencia fundacional sobre los cuerpos, los géneros y la sexualidad.
El filme nos habla también -como otros- del miedo a la locura y de la obsesión, convirtiéndose Robert en uno de esos personajes quiméricos de la obra almodovariana cuyo maquiavelismo (como el de los protagonistas de “La mala educación”, “Átame”, “Kika” o “Matador”) no conoce límites, pero que a la vez se vuelve increíblemente vulnerable cuando los seres que cree controlar se comportan de forma diferente a la esperada.








El terror en Almodóvar es más conocido a través de su faceta de autor de comedias descabelladas o filmes sexualmente valientes como una forma de profundizar en los recovecos del melodrama clásico llevándolo cerca del grand guignol, al tiempo que explora la materialidad y la fisicidad, el cuerpo herido o mancillado, el cuerpo sexuado, el cuerpo quemado, el cuerpo disciplinado, el cuerpo marcado por violencia real o simbólica, muestra evidente de hasta qué punto el cuerpo puede ser un disfraz o un vestido. La delicadeza y el amor por la ropa “femenina” que transmite el personaje de Jean Cornet (creando uno de los jóvenes “heteros delicados” más logrados de la filmografía de Almodóvar) contrasta con la figura de madraza antigua, ama de llaves de “Rebeca” y estirada sirvienta que encarna Marisa Paredes e incluso con la energía viril de Elena Anaya enfundada en un “body” negro. El personaje se vuelve más activo y luchador cuando se convierte en mujer. Robert (Banderas) es un médico que, al igual que el doctor Frankenstein, ha creado una criatura que escapa a su control cuando cree vengar la violación de su hija Normita a quien él mismo y una desastrosa historia-trayectoria familiar han convertido en una chica con “fobia social” y con tendencia a esconderse en el armario de una clínica mental para huir de la ominosa presencia paterna. Normas sociales contra impulsos sexuales y también contra y con fantasías de dominación y totalitarismo, fobias personales y terror a los seres humanos. La misma fobia social que trata de inculcar a una chica fuerte -que fue un chico “poco común”- y tiene ahora las facciones de su mujer, pero no cumple una promesa de fidelidad hecha por un estamento y un hombre que, a pesar de su resistencia ancestral, hoy no son tomados en serio por todo el mundo y que, en cierto sentido, al igual que otras instituciones inherentes a nuestro universo simbólico , empiezan a pertenecer al pasado.


O como cantaría Buika algo perdida en un bodorrio que es también un "baile de zombies":



"A esta la olvido, yo la olvido, cada dia, mas y mas..."






[i] Mira. Alberto. Miradas insumisas. Gays y lesbianas en el cine. Editorial Egales, Madrid-Barcelona, 2011

[ii] Como señala Alberto Expósito “el cuerpo, la textura corporal es el mundo en el que habita gran parte de la narrativa almodovariana, así como su proximidad al cine de terror como género donde el cuerpo descuartizado o mancilladlo se vuelve objeto de interés y fascinación morbosa. Martínez Expósito, Alberto. Escrituras torcidas. Ensayos de críticas de queer. Editorial Laertes, 2007. Rey de Bastos.

Friday, December 30, 2011

CAFE CON MALA LECHE









Hace frio. Me he levantado empalmado La niebla me pisa los talones. Café en la estación de autobuses. Hoy hay Hospital de Día. Mejor, gente con la que hablar, no tengo que estudiar sin estudiar. Ayer estaba el Cívico lleno. Me senté en una mesa, vacío, esperando la inminente llegada de los loqueros, pero están de vacaciones. Me baje a fumar, esperando a la pasma, pero estaban celebrando la navidad, ebrios de champín. Mi madre ve el discurso del Rey. Que muermo. A ves cuando cita a Undargarín que hace negocios con de los médicos para sacar libros de autoayuda. Estoy de un humor de perros. No me tome el Seroquel y vi una película de miedo que se me quedó pequeña, como la pantalla del ordenador, cada vez mas parecida al color blanco de un comprimido, o al negro de una noche en blanco. Hoy Blanche du test y Borja Kowalski se han peleado por el frío, las ventanas y yo ha protestado por la medicación que nunca hace el efecto esperado. Quiero que me metan la nicotina, el café y el valium por la vena. Ester se ha quedado con mi picho para que no me chute una peli mientras el aburrimiento pasa de largo por este Hospital a medio gas. Café, cognitiva con azúcar. Hoy me han sacado la crítica en el periódico. Soy el crítico peor pagado del mundo. Me acusan de robar a los ladrones, hasta los musulmantes en Guatanamo se hubieran rebelado. Nos ponen de fondo a Antonio Flores pero yo prefiero los gritos de Nika Costa, estrella fugaz, con camisa de fuerza. Mientras sonreímos a la galería mientras en brillante Víctor vende periódicos bajo la nieve. Yo un poco pedófilo escucho a Nika Costa “Tell me truth, Help me, Need you” Ayer estaba de mal humor y le dije a mi madre “No quiero ser el chico que duerme en el cajero con el mejor saco porque me lo has comprado en las Rebajas”. Mari Carmen se fue en busca del chico de sus sueños tras siete años de espera. Yo vivo las tardes como sangrientas pesadillas.

-Si tuvieras un porro no necesitarías Seroquel -dice Allen Ginsberg

-Pinta temporalmente - dice Amparo

-Ábrete a la gente, a los amigos, sonríe -dice el doctor Mateos

-Estudia-dice Pepito Grillo

-Drogadicto-grita mi hermana

-Chupame la polla- dice Cesar

Sube el periódico, baja las escaleras, ordena los apuntes, monstruo arrogante, otro café de máquina y vuelta a empezar.

TAXI AL INFIERNO






DRIVE





“Drive” es un elaborado thriller con pretensiones apoyado en un notable trabajo actoral de Ryan Golsing. No obstante, el filme de Nicolas Winding Refn (“Fear X”) se resiente de un desarrollo de policiaco truculento en detrimento de sus tímidos pero intensos apuntes sobre la soledad, la doble vida, las segundas oportunidades y, sobre todo, deja a medias la historia de amor del atribulado protagonista con Irene ( desvaida Carey Mulligan) en un personaje femenino tan desdibujado como el estilo entre áspero, crispado y poético del deambular por las carreteras de este hombre que lleva al volante todas las facetas de su oscura personalidad. El filme explota demasiado el poder del protagonista pero apenas se detiene en sus debilidades.

Robos, grandes mafias, sacrificio y heroísmo aparecen y desaparecen en un filme que destaca por la iluminación nocturna, su lírica sordidez y la cuidadosa ambientación, ya que sus personajes se ahogan en una trama de tiros, sangre, venganza y codicia. Así, las mejores secuencias del filme son las más modestas y aquellas en las que el realizador nos acerca –sin demasiado éxito- a un estilo de vida propiciado por una sociedad que se basa en las apariencias, el dinero y la especulación. Lo que podría haber sido un “hermoso cuento triste y urbano” acaba convirtiéndose en un policiaco cruel y alambicado en el que sobra oficio, pero falta riesgo a la hora de profundizar en las aristas del relato. Cuando la trama se complica el estilo se vuelve más prosaico, artificioso y se ven las costuras del guión.

Una historia de motines personales y grupales, aislamiento, encuentros fortuitos, perdedores y gánsteres de opereta que parece temer perder la taquilla y desaprovecha la esencia de la narración malgastando incluso el indiscutible esfuerzo de Golsing por construir un personaje sólido y contradictorio, un antihéroe con corazón y arrojo envuelto en una selva de engaños e intereses.

Wednesday, December 28, 2011

HUIS CLOS




UN DIOS SALVAJE

En poco más de una hora Roman Polanski realiza una de sus mejores y más sorprendentes películas adaptando con fidelidad -al texto pero también a su propio estilo y sus obsesiones habituales- la obra de teatro de Yasmina Reza “Carnage”. “Un dios salvaje” como la fallida “Cul de sac” o la incomprendida “El quimérico inquilino” es una comedia, lo que de entrada sorprende algo a los admiradores del director de “La semilla del diablo”, aunque el humor, negro y caústico, la falta de fe en ser humano y la obsesión por los espacios cerrados hayan estado presentes a lo largo de su irregular pero dilatada y fecunda obra. Pero, si Polanski en películas como “La muerte y la doncella” encerraba a sus personajes para hacernos sufrir, en “Un dios salvaje” se decanta por una comedia ácida pero relativamente amable a pesar de las miserias personales que van revelando los cuatro protagonistas (Jodie Foster, John C. Reilly, Christopher Waltz y Kate Wislet) dos matrimonios que se reúnen en casa de uno de los dos bandos para solucionar pacíficamente la “agresión” del hijo de unos al vástago de los otros en un parque, a la salida del colegio. Y, como escolares enfurruñados o encerrados en su mundo, se nos muestran esos dos matrimonios “adultos” que progresivamente revelan sus flaquezas y sus obsesiones.





Podemos decir que no hay demasiadas sorpresas en el transcurso nada apacible de “Un dios salvaje” ya que cada uno de los cuatro protagonistas se comporta tal y como el público espera de ellos, pero si una sabia dosificación de los momentos de humor y crueldad, de reflexión y rabia, de ironía y desastres íntimos. La cámara de Polanski se mueve con soltura e inteligencia en este pequeño piso que da al puente de Brooklyn pero cuyo mensaje (la crítica a lo “políticamente correcto”, las crisis de pareja, la mentira y la violencia soterrada en las relaciones humanas) queda bastante claro al espectador. Y tal vez sea el único fallo de un filme exquisitamente rodado e interpretado con entusiasmo: la falta de zonas oscuras en los cuatro personajes luchando verbalmente hasta la extenuación. Si parece evidente que Wislet le gana la partida a una algo afectada Jodie Foster, de los dos personajes masculinos (un tanto peor parados en esta tragicómica sucesión de pequeños disparates de “clase media” estadounidense llena de aspiraciones, sueños, miserias y complejos) no sabemos si es John C. Reilly o Waltz quien se gana al público con sus personajes -en particular este último- cargados de antipatía.



“Un dios salvaje” es una de las películas más sanas de Polanski porque, aunque se ríe de sus personajes, también se ríe con ellos cuando, inesperadamente, nos vemos reflejados en algunos de los aspectos de su personalidad, de sus acciones o de la situación “absurda” en que se ven envueltos.